Pancho Sierra, el «Gaucho Santo» en su 130° aniversario de su muerte

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Era un rico hacendado del norte bonaerense. Pero un día dejó todo para curar enfermos con oración y un vaso de agua de su aljibe. Su tumba en Salto atrae muchos visitantes cada 4 de diciembre, aniversario de su muerte.

Francisco Sierra nació el 21 de abril de 1831 en Salto, que en ese momento pertenecía al partido de Arrecifes. Cuenta Antonio Las Heras en «El resero del infinito» que cuando «Panchito» tenía un año padeció una fortísima bronconeumonía que ningún médico podía curar. Pero una noche de tormenta las ventanas de la casona se abrieron de golpe y unas hojas de olivo bendecidas el Domingo de Ramos, que su madre había puesto en la cuna, cayeron sobre la frente de Francisco. Fue una señal: el bebé mejoró contra todo pronóstico.

Pasó el tiempo. Los padres de Francisco fallecieron cuando él era muy joven y El Porvenir quedó a cargo de dos tías. Él, mientras tanto, comenzaba a adaptarse a las tareas y usos de la actividad ganadera, el centro de sus negocios. Viajaba mucho a Buenos Aires. Un día llegó y se encontró con una chica de 16 años, descendiente de pueblos originarios, que sus tías habían tomado como criada, algo bastante común por aquel entonces. Él tenía 22 años y se enamoró hasta el caracú de la adolescente, llamada Nemesia.

Las tías no vieron con buenos ojos la relación. Lo enviaron con un pretexto a la Capital y cuando volvió Nemesia se había ido -en realidad, la habían obligado a irse- a Córdoba. Cuando pudo ir a buscarla, la joven había fallecido. Quizás del asma que sufría, quizás de pena.

El dolor del amor perdido sacudió a Pancho hasta los huesos. Volvió a El Porvenir y su vida cambió por completo. Se encerró en el altillo de la estancia durante siete años, en los que solo salía por las noches para ir hasta el río cercano a meditar.

Cuando pasaron esos años de confinamiento comenzó a dejarse ver de día. Se había dejado crecer el pelo y la barba, que se volvieron níveos. Seguía siendo «el patroncito» y ayudaba a los peones en sus tareas. Pero un día uno de los muchachos cayó doblado, presa de un violento dolor en el estómago. Pancho se acercó, rezó un padrenuestro y le dio de beber agua del aljibe de la estancia. Y el hombre se curó. Ahí comenzó la nueva vida de Pancho Sierra, la del «Doctor del agua fría».


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